Discurso Ceremonia de Clausura del Curso de Formación XIII COAMI Bogotá

Hoy es un gran día para nosotros, estimados Guardia Marinas, pues se cierra un ciclo de nuestras vidas al terminar el curso de formación naval militar número XIII, impartido a los futuros Profesionales Oficiales de la Reserva Naval de Colombia, pero también es el inicio de un camino largo, que con ayuda del todo poderoso, estará lleno de abundantes frutos y ayudará a perpetuar el buen nombre de nuestra gloriosa Armada Nacional, al servicio de nuestras filas y la población civil.

 

Hay muchas cosas por decir, demasiadas experiencias por contar, muchas personas por darles nuestro más fraterno agradecimiento, pero quizás esta intervención no tuviera fin, motivo por el cual me enfatizare solo en algunos puntos.

 

Para mí es todo un honor estar al frente de ustedes y ser la persona quien en nombre del curso, dirija unas palabras de agradecimiento y exaltación, a la noble labor y desempeño de aquel grupo de oficiales que de manera directa o indirecta, hizo que este día pudiera llegar a feliz término.

 

De los primeros recuerdos que tengo de mi infancia, el que más impacta mi vida, es cuando mis padres me llevaron por primera vez a un desfile militar el día 20 de Julio, ver a todos esos héroes de las diferentes fuerzas militares, en especial, los de mi Armada Nacional, hicieron que quedara estupefacto y creo que era como si estuviera viendo a mis superhéroes favoritos de los comics  a menos de 5 metros de distancia; a partir de ese momento solo pensaba en pertenecer a esta majestuosa élite.

 

La mayor parte de nosotros por diversas circunstancias de la vida, no ingresamos al servicio activo y tomamos el camino de apoyar a nuestra nación, que tanto nos ha brindado, desde nuestras profesiones y ámbitos laborales,  pero en nuestra sangre aun llevamos esa milicia, ese espíritu guerrero, esa mística, esa vocación del servicio a la patria, que caracterizan a nuestras tropas.

 

“Si cualquiera pudiera ser un oficial naval, la Armada Nacional no sería actualmente lo que es”; es una frase que me generó un gran impacto cuando la vi en la ENAP, pues se nos confiere una enorme responsabilidad al portar el uniforme y nos hace reflexionar acerca de nuestros inicios, donde un centenar de profesionales nos enlistamos para iniciar este proceso hace más de dos años y de los cuales solo quedamos 30 candidatos rigurosamente seleccionados, para que a través de nuestras profesiones y talento humano, seamos embajadores de tan venerable institución, llevando bienestar a toda una nación que durante varias décadas fue afectada por una violencia absurda, dejando incluso comunidades sumergidas en un mar de zozobra, adicionalmente  brindando una mano amiga, a todos nuestros grandes héroes navales y de Infantería de Marina.

 

Algunos de nosotros tuvimos personas cercanas que no entendían porqué un profesional, con cierta estabilidad laboral, quería ingresar a una organización estatal a recibir órdenes y prestar un servicio AdHonorem; a estas personas les decimos, que no hay mayor religión que el servicio a los demás, trabajar por el bienestar común es el mejor credo.

 

Recuerdo mucho que al iniciar el curso, me sentí anonadado al encontrarme rodeado de un grupo de grandes seres humanos, con talentos innumerables y diversas profesiones, pero a la vez, estaba muy orgulloso, pues éramos 30 almas, que originábamos una nueva familia, detrás de un solo ideal: SERVIR A NUESTRO PAÍS.

 

La experiencia en la travesía del curso fue única, inigualable e irrepetible. Muchos de nosotros aprendimos a conocernos mejor y vencer algunos miedos, en especial en Coveñas.

 

Vivimos en carne propia lo que día a día hace un cadete, durante cuatro años para ser merecedor de su primer galón: sacrificio, dedicación, esfuerzo físico y mental, estar alejados de su familia durante su proceso académico y con el ingrediente especial imprescindible, llamado acondicionamiento físico y disciplina o más conocido en el bajo mundo como volteo.

 

Algunos de nosotros quizás en la vida no habíamos tomado una plancha y menos con precisión casi quirúrgica, para cuadrar las puntas de un pañuelo y darle línea a un uniforme.

 

En las aulas aprendimos a conocer mucho mejor a nuestro país, a nuestra Armada Nacional y los estamentos que la componen, a amar incondicionalmente nuestras riquezas hídricas y fluviales, a realizar nudos marineros cuando difícilmente atábamos nuestro calzado, a recitar himnos y oraciones que pusieron a prueba nuestra memoria, como si se tratara de un cubo Rubik, pero que enriquecieron nuestra comprensión de las tradiciones marítimas e institucionales y todo el honor que en ellas habita.  

 

Aprendimos a través de un sin número de materias, a ser mejores seres humanos, que es una de las principales características de los Oficiales de la Armada Nacional.

Quiero exaltar el apoyo y compromiso que tuvieron nuestros Oficiales de línea durante todo nuestro curso de formación en calidad de directores, tácticos, comando, asistentes  o instructores.

 

Especialmente doy gracias a mi Coronel Gallardo por permitirnos entrar en su casa, el Batallón de Policía Naval Militar 70, que para nosotros fue y seguirá siendo durante mucho tiempo, nuestro segundo hogar.

 

Agradecemos al personal de Suboficiales e Infantes que estuvieron prestos incondicionalmente a cualquier requerimiento del curso.

 

También debo reconocer  la abnegación de nuestros oficiales de la Reserva, que acompañó al Curso XIII desde sus orígenes, personas altamente calificadas para esta dura labor y que sacrificaron horas de su tiempo en familia o descanso, para poder acompañarnos en este arduo proceso de formación.

 

Capitán Arango. Hombre de sabias palabras y de una mirada que lo dice todo, de sus cualidades y virtudes la que más resalta es su gallardía, sus pasos son dignos de seguir para cualquier Oficial de la Reserva Naval.

 

Capitán Henao. Creo que todos coincidimos en que fue un segundo padre para nosotros, un padre digno de imitar, que nos alentó con sus valiosos consejos a seguir siempre adelante y que nunca a desfalleciéramos.

 

Capitán Sánchez. Siempre nos sentimos protegidos por ese manto invisible que irradia, como comandante mujer de un curso de formación de la Reserva Naval, tenía un gran reto por conquistar y sin lugar a dudas, hoy entrega uno de los mejores cursos que se incorporan a la Armada Nacional desde tiempos inmemorables y es gracias a esa templanza, empuje, coraje y prusiandad que la caracteriza, por lo cual, de antemano, sabemos que no pudimos quedar en mejores manos.

 

Teniente Parra. Su carácter es admirable y estamos agradecidos por la disciplina que usted nos enseñó a tener, en las diferentes actividades que se realizaron en nuestra instrucción y por aquellos “kilitos de más” que perdimos durante el proceso.

 

Teniente Salazar, Teniente Gómez, Teniente Vera, Teniente Hurtado.  Alguna vez un sabio dijo “los ingenieros construyen grandes obras, los arquitectos elaboran bellos diseños, los militares defienden al pueblo, pero los maestros embellecen el alma”.  Ustedes fueron nuestros grandes maestros durante esta jornada, quienes iluminaron nuestro camino y estuvieron pendientes de cada detalle, por mínimo que pareciera; más que nuestros comandantes de escuadra, fueron nuestros amigos.

 

Señores oficiales, el éxito del curso es indiscutiblemente de ustedes, por eso agradecemos cada acción, cada palabra, cada gesto, cada intervención que se hizo ante diferentes estamentos, por la paciencia, persistencia y exigencia que han tenido con cada uno de nosotros en el aula de clases y fuera de ellas; por enseñarnos a portar el uniforme y la gran responsabilidad que se adquiere con ello, por la gestión logística y administrativa que implicó manejar este grupo de candidatos a oficiales de la Reserva .

 

Su labor altruista y vocación al servicio, la llevaremos por siempre en nuestros corazones.

 

¡Muchas Gracias!

 

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